Eduki, otro aprender

edukiHace poco tuvieron lugar en Balmaseda las primeras jornadas sobre Soberanía del Saber, de las que hablamos por aquí… Participamos en alguno de los actos y nos quedamos con ganas de hablar de ello. Sin embargo, en este caso creemos que es mucho mejor dejar hablar a otros. Se trata de Vicente Gutiérrez Escudero, autor del libro La tiza envenenada, y que fue uno de los participantes en aquellas jornadas. Hace pocos días escribió un artículo en el que habla sobre estas jornadas y sobre las inquitudes y las ideas que en ellas surgieron. El artículo, también recogido en su propio blog, ha sido publicado en la web de El Faradio.

 

 

el negocio de la revolución social

"... bajo el ropaje de la globalización, el capitalismo extiende sus tentáculos de expropiación a todos los rincones de la tierra. Si alguien encontrara un modo de superar el capitalismo, seguramente alguna corporación compraría los derechos de autor y distribución."

Simon Critchley, La demanda infinita, p. 133.

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Luchar contra la pobreza y contra las injusticias es otra oportunidad de negocio que está esperando a los nuevos emprendedores. Aunque lo parezca no es tan descabellado. Dado que el obetivo del capitalismo es crear riqueza, no es raro que a algún emprendedor se le haya ocurrido que lo que hay que hacer es luchar contra la pobreza. Así han nacido proyectos empresariales como Vistare o UnLtd Spain. En ambos casos se trata de iniciativas empresariales que tienen el objetivo de ganar dinero ayudando a las víctimas del sistema basado en la necesidad imperiosa de ganar dinero. Es el pez que se muerde la cola. El capitalismo es un sistema que se apropia de todo, hasta de sus deshechos, para sus propios fines de crecimiento ilimitado. Si hace falta, el capitalismo se hace antisistema.

El capitalismo se reapropia de cualquier cosa que parezca cuestionarlo. Si la ecología nació como un movimiento que denunciaba los males profundos que la codicia capitalista estaba causando en el planeta, pronto se convirtió en una estrategia de las grandes empresas para vender más y más caro. De pronto, las empresas más contaminantes se volvieron ecológicas sin dejar de contaminar, y cambiaron sus logotipos para introducir en ellos el color verde. La pobreza hace tiempo que es un buen negocio. Si no, que se lo pregunten a empresas como Iberdrola o Telefónica que desembarcaron hace ya bastantes años en las regiones más deprimidas de Sudamérica para establecer sus nuevas líneas de negocio.

En los últimos tiempos, además, hacer negocios con los pobres se ha vuelto una actividad casi revolucionaria. Ahora no se trata de venderles electricidad. Ahora de lo que se trata es de vender entre las clases medias europeas y americanas ideas de solidaridad y de “cambio social” (algún día pueden sorprendernos incluso hablandonos de “revolución”) utilizando la pobreza. La venta de bellas ideas para la “transformación de la realidad” es hoy una buena fuente de ingresos para emprendedores sin escrúpulos.

Solsticio de invierno. Una reflexión crítica

El solsticio de invierno en la cultura popular
Una reflexión crítica sobre las fiestas de navidad

Vivimos estos días la época del año en que los días son más cortos y las noches más largas. Dentro de unos pocos días el sol comenzará a salir por el horizonte algunos segundos antes cada día y se ocultará también un poco más tarde que el día anterior. Para las mentalidades primitivas este hecho constituía algo sorprendente y esperanzador. Cuando parecía que el sol se apagaba poco a poco y que pronto se extinguiría, repentinamente un día comenzaba de nuevo a subir cada día un poco más sobre el horizonte y a permanecer algunos minutos más brillando en el firmamento. El solsticio de invierno marca convencionalmente el paso del otoño al invierno, pero sobre todo señala el momento en que el sol comienza de nuevo a brillar durante más tiempo en el cielo.

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El capitalismo, que todo capitaliza, también ha capitalizado los rituales comunitarios relacionados con los ciclos anuales de la naturaleza y de la vida. Un año más volvemos a vivir la gran celebración del consumo, de la banalidad y de la repetición de rituales vacíos, totalmente desprovistos de significado, vinculada a eso que que llamamos “la navidad”. En el marco de una reflexión crítica sobre el mundo que nos rodea y del constante cuestionamiento, desde abajo, de cualquier intento de imponernos un orden desde arriba, creemos necesario repensar el significado que tiene esta época del año, el que ha tenido en otras épocas para las comunidades vinculadas a la tierra y el que deseamos que tenga para nosotros. Es importante no solo conocer las tradiciones y su origen sino tratar de recuperarlas dotándolas de un significado actual que circule siempre desde abajo hacia arriba. Si recuperamos las tradiciones es porque nos sirven a los de abajo para expresarnos y para dotarnos de instrumentos que nos ayuden a reforzar nuestros lazos comunitarios y nuestra relación con la tierra, con la luz, con los otros seres vivos, con nuestros antepasados y, en definitiva, con  la vida.

En las culturas tradicionales de los pueblos del hemisferio norte, los ciclos anuales relacionados con la posición de la tierra con respecto al sol han tenido una enorme importancia. La tierra es la fuente de la vida, pero necesita del sol, de su luz y de su calor para dar frutos. Por ello en las culturas tradicionales, el sol con sus ciclos anuales ha sido el protagonista de grandes fiestas y celebraciones. Los solsticios de verano y de invierno señalan los momentos clave, los puntos de inflexión, en el ciclo anual de la órbita solar. Si el solsticio de verano es el momento en el que hay más horas de sol, y la tierra comienza a fructificar, y por tanto es el símbolo de la plenitud de la vida; el solsticio de invierno, cuando el sol hace su recorrido más corto y más bajo sobre el horizonte es el símbolo de la oscuridad pero también de la esperanza renovada. El día del solsticio de invierno es el día más oscuro del año, pero también es el día del triunfo de la luz sobre las tinieblas, porque es cuando el sol comienza de nuevo a hacer más largo su recorrido.

El solsticio de invierno es el momento de la celebración del triunfo de la luz sobre las tinieblas, de la celebración de la esperanza de que la tierra recién sembrada volverá a dar frutos una vez más, renovándose así la vida. También es el momento en el que la despensa está llena, hay leña suficiente en la leñera, la matanza del cerdo todavía está reciente y los tocinos cuelgan del techo. Hay alimentos, pero tienen que durar todo el invierno. Se acerca una época dura y hay que prepararse para ello celebrando durante algunos días la abundancia. Las horas de luz son pocas y los trabajos en el campo casi nulos. Es el tiempo de las experiencias limítrofes, de la locura y de lo grotesco. Es el tiempo de establecer los límites entre lo que fue, lo que es y lo que será, entre lo racional y lo imaginario; es el tiempo en el que el desorden se rebela contra el orden de los estrictos ciclos temporales. Es por tanto el tiempo de la fiesta, de las máscaras que ocultan y que disuelven al individuo en el grupo, que permiten la subversión contra las normas como una forma de terapia comunitaria que garantiza el equilibrio, porque después de los excesos todo volverá a la normalidad, y el sol de nuevo volverá a traer más luz y más vida.

En esta época, en toda Europa, se celebraban, desde tiempo inmemorial, grandes fiestas y mascaradas en las que la música y la danza acompañaba a los rituales en los que las máscaras servían para representaciones dramáticas, relacionadas en muchos casos con magias al servicio de la fertilidad y de la fecundidad, que significaban una catarsis de los problemas surgidos en la vida comunitaria y en las que la comunidad se reintegraba de forma simbólica en la naturaleza por medio de su identificación con seres salvajes, que entre gritos y aspavientos reforzaban los lazos que unen la vida de las personas a la tierra, a la luz y a la oscuridad. La separación entre cultura y naturaleza queda disuelta por medio de estas mascaradas en las que se recrean las relaciones entre los miembros de la comunidad, las relaciones con sus ancestros, y las relaciones de la comunidad con la tierra y con el resto de seres que viven en ella. Durante las mascaradas se profieren injurias, se hacen públicos los hechos escandalosos que hasta entonces se habían mantenido ocultos, se hacen sátiras, se desbaratan objetos y durante unos días se rompe con los moldes que mantienen el orden y la racionalidad.

Los zangarrones, obisparras, carochos, cencerrones, diablos, birrias, tafarrones, talanqueiras, zarramanculleiros, caretos, zamarracos, zarramacos, botargas, morraches, guirrios, sidros, zamarrones, trapajones, ziripot, zaldikos, zezengorris, momotxorros, juantramposos, joariak… son algunos de los muchos nombres que tienen algunos de los personajes que componen las mascaradas de invierno en diferentes lugares de la península ibérica. Sus equivalentes en el resto de Europa son los strohbär, reisigbär, strohmann, pelzmärtle, cerbul, sauvages, boes, schnappviecher, babugeri, busós, arkouda, burryman…

Las mascaradas son celebraciones que surgen de las culturas populares. Son tradiciones desde abajo. Basándose en estas celebraciones tradicionales del solsticio de invierno, Roma, impuso, desde arriba, sus propias celebraciones, las saturnalias, las fiestas del sol invictus. Estas eran las fiestas que se celebraban en el imperio romano en honor al dios Saturno, como dios de las cocechas y el trabajo con la tierra.

La iglesia católica retomó la tradición de Roma y adaptó la idea del sol invictus para hacer honor a su dios hecho hombre como luz del mundo que triunfa sobre las tinieblas y estableció en la misma época del año, el solsticio de invierno, la festividad de la navidad para conmemorar el nacimiento de su dios luz hecho hombre. La iglesia católica trató de sustituir las antiguas celebraciones del solsticio de invierno por la nueva celebración de la navidad, pero el fuerte arraigo popular que tenían las mascaradas hizo imposible evitar su celebración por lo que fueron trasladadas al final del invierno, haciéndolas coincidir con las celebraciones del comienzo de la primavera. Para ello la iglesia se inventó un nuevo tiempo litúrgico dentro del ciclo anual al que denominaron “Carnaval” en el que trataron de reunir todas aquellas festividades que se consideraban “paganas” y con las que no pudieron acabar mediante prohibiciones. De esta manera las mascaradas pasaron a formar parte de las fiestas de primavera, llamadas fiestas de carnaval.

Asociada también a esta época del año en el que la abundancia está directamente relacionada con la perspectiva de escasez y la esterilidad con la esperanza de una renovación de la fertilidad, se encuentra la costumbre de intercambiar dones y regalos. Entre los celtas,  esta costumbre del intercambio de regalos, coincidente con la época de comienzo de un nuevo ciclo solar, era conocida con el nombre de “eguinad”, de donde se supone que procede la palabra “aguinaldo”, aunque según algunos autores el origen de esta palabra, a través de “aguinando” y “aguilando”, se encuentra en la expresión latina “hoc in anno” utilizada en la costumbre existente en Roma de hacer regalos durante los primeros días de cada nuevo año en honor de los dioses y como señal de felices augurios. A estos regalos los llamaban strenae de forma general y Kalendariae strenae a los regalos que se hacían con motivo del comienzo del nuevo año. Strenia era también el nombre de la diosa del año nuevo y Strenua era el nombre del bosque sagrado al que acostumbraban a acudir el primer día del año a recoger verbena. La costumbre de hacer regalos en esta época del año continuó hasta nuestros días bajo la forma de los aguinaldos o aguilandos y la iglesia católica la mantuvo por medio de la celebración de la festividad de los reyes magos. La costumbre romana de las strenae vinculada a la entrada del nuevo año derivó en los entroidos, de donde procede también el nombre de antruejo, con que se designan en algunos lugares a las mascaradas invernales.

En Castilla, aún se conserva en algunos lugares la celebración de mascaradas en las que el protagonista indiscutible es el zamarraco, conocido también con otros nombres como zarramaco, morrache, botarga, guirrio, sidro o zamarrón. Es un personaje situado en el límite entre humano y salvaje que se dedica a provocar, fomentar el desorden e incitar a la desobediencia. Se cubre con pellejos de carneros y porta unos grandes cencerros. Suele llevar en las manos un instrumento de azote con el que propina zurriagazos a diestro y siniestro. Existen personajes similares en toda la tradición europea y su origen se remonta a la noche de los tiempos, pues se han encontrado personajes parecidos en algunas pinturas rupestres del paleolítico como el chaman-ciervo de la cueva de Trois-Frères en Francia.

También se conserva aún en muchos pueblos de Castilla la costumbre de los aguinaldos. En la actualidad suelen ser los jóvenes de los pueblos los que cantan coplas y hacen una ronda por las casas del pueblo pidiendo alimentos con los que luego poder hacer una celebración. Antiguamente, además de los jóvenes y niños solían ser los pastores los que pedían en las casas de los agricultores.

 

 

Comunes contra y más allá del capitalismo

El despegue del capitalismo se produjo cuando éste, por medio de cerramientos, desamortizaciones y privatizaciones de tierras que siempre habían sido comunales y trabajadas en “común”, arrebató los medios de vida y la autonomía a quienes pasarían a engrosar los ejércitos de trabajadores, dando lugar a una nueva clase social, el proletariado, formada por los desposeidos, por todas aquellas personas a las que se les arrebataron sus formas de reproducción de la vida y todos sus saberes; una nueva clase social formada por todas aquellas personas pertenecientes a las comunidades que fueron desarraigadas y expulsadas de las tierras que les habían proporcionado durante miles de años los medios necesarios para la vida y para su reproducción.

Los “comunes” por tanto evocan un potente imaginario para quienes buscamos alternativas al capitalismo que ha degradado el planeta, las relaciones entre las personas y que ha acabado con la capacidad de las personas para producir y reproducir sus vidas. Cualquier alternativa a este sistema que se ha apoderado del planeta que habitamos y del universo entero y que, en nombre de la libertad, ha esclavizado a toda la población de la tierra, debe buscar la autonomía de las comunidades humanas y la recuperación de los “comunes”.

Pero la voracidad del capitalismo no tiene límites. Si el robo de los comunes sirvió para su despegue, en la actualidad, para su perpetuación necesita arrebatar y apropiarse hasta de la idea de los comunes, ya que los comunes también pueden ser utilizados bajo la lógica del capital para crear valor y producir mercancías a menor coste y bajo la apariencia de un nuevo capitalismo vestido de socialismo autogestionario.

Una vez más, ha sido gracias kutxikotxokotxikitxutik, que hemos podido conocer un interesantísimo trabajo de Silvia Federici y de George Caffentzis titulado “Comunes contra y más allá del capitalismo“, que ha sido traducido al castellano y publicado en la revista El Apantle, Revista de estudios comunitarios. Esta es la pregunta fundamental que nos lanzan: “¿Cómo podemos prevenir la cooptación de los comunes y su conversión en plataformas desde las que la clase capitalista decadente pueda rehacer sus fortunas?

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Silvia Federici y George Caffentzis

La introducción ubica con bastante precisión la problemática que pretenden analizar:

Cada vez más, el término “común” tiene mayor presencia en el lenguaje político, económico e incluso en el inmobiliario. Derecha e izquierda, neoliberales y neokeynesianos, conservadores y anarquistas utilizan el concepto en sus intervenciones. El Banco Mundial acogió el término cuando, en abril de 2012, dictaminó que toda investigación que llevase su sello debía ser “de libre acceso mediante una licencia Creative Commons –una organización sin ánimo de lucro cuyas licencias por derechos de autor tienen como objetivo favorecer un mayor acceso a la información a través de Internet” (Banco Mundial, 2012). Incluso The Economist, un paladín del neoliberalismo, ha saludado el uso de este término a través de los elogios vertidos sobre Elinor Ostrom –decana de estudios sobre lo
común– en su obituario: A ojos de Elinor Ostrom, el mundo poseía una gran cantidad de sentido común. La gente, sin nada sobre lo que apoyarse, crearía formas racionales de supervivencia y de entendimiento. Aunque el mundo tuviese una cantidad limitada de tierras cultivables, de bosques, de agua o de peces, sería posible compartirlo todo sin agotarlo y cuidarlo sin necesidad de contiendas. Mientras otros autores hablaron de la tragedia de los comunes con pesimismo, centrándose tan sólo en la sobrepesca o la explotación agrícola en una sociedad de codicia rampante, Ostrom, con sus sonoras carcajadas, se convirtió en una alegre fuerza opositora (The Economist, 2012). Por último, es difícil ignorar el uso tan habitual que se hace del concepto “común” o “bienes comunes” en el actual discurso inmobiliario sobre los campus universitarios, los centros comerciales y las urbanizaciones cerradas. Las universidades elitistas que exigen a los estudiantes matrículas anuales de 50 mil dólares, se refieren a sus bibliotecas como “centros comunes de información”. En la vida social contemporánea, parece que es ley que cuanto más se ataca a los comunes, más fama alcanzan. En este artículo examinamos las razones detrás de estas tendencias y planteamos algunas de las principales preguntas que enfrentan hoy en día los comunitaristas anticapitalistas:
 ¿A qué nos referimos cuando hablamos de “comunes anticapitalistas”? ¿Cómo podemos crear, a partir de los comunes que nacen de nuestra lucha, un nuevo modo de producción que no esté basado en la explotación del trabajo? ¿Cómo podemos prevenir la cooptación de los comunes y su conversión en plataformas desde las que la clase capitalista decadente pueda rehacer sus fortunas?

Commons contra y más allá del capitalismo. Informa de un debate con Silvia Federici y George Caffentzis

BEYOND GOOD AND EVIL COMMONS

El mito del TRABAJO

 

Artículo publicado en: http://www.ub.edu/geocrit/sn/sn119-2.htm

CONFIGURACIÓN Y CRISIS DEL MITO DEL TRABAJO

José Manuel Naredo

Universidad Politécnica de Madrid

La noción actual de trabajo no es una categoría antropológica ni, menos aún, un invariante de la naturaleza humana1. Se trata, por el contrario, de una categoría profundamente histórica. El trabajo, como categoría homogénea, se afianzó allá por el siglo XVIII junto con la noción unificada de riqueza, de producción y la propia idea de sistema económico para dar lugar a una disciplina nueva: la economía. La razón productivista del trabajo surgió y evolucionó, así, junto con el aparato conceptual de la ciencia económica. En esta comunicación se pasará revista a esta evolución revelando, en este caso, la conexión entre ciencia, ideología y sociedad y entre el lenguaje científico y el lenguaje ordinario, que reviste particular importancia en las ciencias sociales. De esta manera, al situar en amplia perspectiva la razón productivista del trabajo, podremos relativizarla y criticarla. El plan de la exposición será el siguiente. En una primera parte se pasará revista a los valores, concepciones y modos de vida que predominaron en las sociedades humanas antes de que se extendiera la idea actual de trabajo. En una segunda parte se analizará el caldo de cultivo ideológico en el que nació la razón productivista del trabajo, que acabó configurando tanto al cuerpo social como al comportamiento individual en la actual civilización. En una tercera parte, se pasará revista a los hechos que están provocando la crisis conjunta de la función productivista y social que se le venía atribuyendo al trabajo en nuestras sociedades. Por último se apuntarán las perspectivas que tal crisis ofrece.

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Comunicemos! Los verbos contra los sustantivos

En este artículo, copiado desde aquí, John Holloway nos ofrece una interesante visión sobre la forma en la que podemos resistir a la dominación. El “poder” es un sustantivo pero el “poder hacer” es un verbo y nosotros, todos nosotros podemos hacer algo. Quieren que creamos que las cosas son… y que son como son y que no pueden ser de otra manera. Pero las cosas no son, las cosas las hacemos nosotros. El mercado, el dinero, el valor, el capitalismo… no son nada, son el resultado de lo que nosotros hacemos. Pero podemos hacer otra cosa.

¡Comunicemos! es una llamada, un grito, porque “comunizar es, simplemente, la reapropiación de un mundo que es nuestro, o aún mejor, la creación de un mundo que es nuestro, en el que articulemos prácticamente la unidad del hacer y lo hecho, de la constitución y la existencia, la comunalidad de nuestros haceres”. Por eso… ¡Comunicemos!, donde sea que estemos, ahora.

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de la comunidad a la comunalidad

 

otro mundo posible

La noción de comunalidad nació como una categoría de análisis antropológico. Floriberto Díaz Gómez fue quien comenzó a utilizar este concepto para analizar las formas de vida tradicionales de las comunidades indígenas mesoamericanas. La palabra comunidad estaba limitada por sus significados para la cultura occidental basada en la idea de la propiedad común, haciendo especial hincapié en el concepto de propiedad.

Las comunidades indígenas, sin embargo, tal como explica Floriberto Díaz, no se entienden simplemente “como un conjunto de casas con personas, sino de personas con historia, pasada, presente y futura, que no sólo se pueden definir concretamente, físicamente, sino también espiritualmente en relación con la naturaleza toda… En una comunidad se establecen una serie de relaciones, primero entre la gente y el espacio, y en segundo término, entre las personas. Para estas relaciones existen reglas, interpretadas a partir de la propia naturaleza y definidas con las experiencias de las generaciones.”

Floriberto Díaz definía la comunidad como “el espacio en el cual las personas realizan acciones de recreación y de transformación de la naturaleza, en tanto que la relación primera es la de la Tierra con la gente, a través del trabajo”. Por otra parte, para él la comunalidad “define la inmanencia de la comunidad. En la medida que comunalidad define otros conceptos fundamentales para entender una realidad indígena, la que habrá de entenderse no como algo opuesto sino como diferente de la sociedad occidental. Para entender cada uno de sus elementos hay que tener en cuenta ciertas nociones: lo comunal, lo colectivo, la complementariedad y la integralidad”.

Los elementos que definen la comunalidad según Floriberto Díaz son:

La Tierra como madre y como territorio.
El consenso en asamblea para la toma de decisiones. El servicio gratuito como ejercicio de autoridad.
El trabajo colectivo como un acto de recreación.
Los ritos y ceremonias como expresión del don comunal.

Si en su origen el concepto de comunalidad operaba básicamente en el campo del estudio de las sociedades tradicionales, hoy en día, especialmente en Latinoamérica, es un concepto válido para la realización de propuestas de cambio revolucionario o de alternativas a las formas de vida impuestas por la modernidad colonialista capitalista patriarcal. En este sentido Gustavo Esteva es el autor de un texto en el que explica la potencialidad de este concepto para la construcción de otros mundos en los que en el centro se encuentre la vida.

Para Gustavo Esteva la idea de comunalidad es ante todo una herramienta de análisis para comprender dos formas antagónicas de vivir en el mundo. La forma hegemónica hoy en día, moderna, occidental y capitalista, y la forma basada en la comunalidad. La primera es la forma de vida de individuos desterritorializados, esclavos del tiempo, de la razón y de la ciencia para quienes toda relación se encuentra mediatizada por el intercambio mercantil y para quienes el trabajo, una mercancía más en sí mismo, no es más que la forma de producir mercancías. Frente a esta forma de concebir la vida y de vivirla, la comunalidad se establece en torno a personas que no existen más que como parte de una red de relaciones concretas, arraigadas en la tierra, para las que el tiempo no es algo que transcurre o que se gasta sino que no puede ser diferenciado de los ciclos de la vida, y que produce su propia vida en lugar de mercancías.

Floriberto Díaz, “Comunidad y Comunalidad”

Gustavo Esteva, “La noción de comunalidad”

Comunalidad, entre la necesidad occidental de entenderla y las luchas indígenas por defenderla

Comunidad y comunalidad

La palabra “común” es la raíz común de ambas palabras. Palabras que hacen referencia a lo que es común, a las gentes que se reúnen en torno a algo común, que viven compartiendo cosas en común, y a los lazos que esto crea entre ellas. La idea de propiedad privada que impone el sistema capitalista acabó con numerosas instituciones que tenían cientos o incluso miles de años de existencia y que fueron útiles a las generaciones que nos precedieron para organizar su vida y para reproducirse. El nuevo sistema de reproducción social basado en la propiedad privada, en la mercancía, el trabajo y el dinero, ha dado lugar a sociedades formadas por individuos desconectados entre sí, cuyas relaciones se establecen como si se tratara de un intercambio de mercancías. Son muchas las personas que buscan alternativas al sistema capitalista en el que vivimos, y uno de los elementos más importantes para su transformación es recuperar un sistema de relaciones sociales basado en lo común, y por tanto, creando comunidades, o como algunos dicen: comunalidades…

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La clave está en lo pequeño, diverso y local

En el número 61 (Verano, 2015) de La Fertilidad de la Tierra podemos encontrarnos con una interesantísima entrevista con Mae-Wan Ho, genetista, investigadora sobre transgénicos y sobre las propiedades cuánticas del agua, escritora y artista, en la que habla sobre sus intereses, sus preocupaciones y sus investigaciones.

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Mae-Wan Ho critica la ciencia que ella llama “modernista occidental” pues “está basada en separar al sujeto consciente de la Naturaleza”, ya que según sus propias palabras: “La ciencia occidental convencional se basa en rechazar la idea de una Naturaleza interconectada en su totalidad. Por ello, sólo puede abordar el entendimiento de la Naturaleza a trozos, como si se tratara de una máquina gigante, reduciendo el todo a sus partes. Paradójicamente, cuando la ciencia alcanzó los límites del reduccionismo mecanicista surgió la física cuántica, que nos muestra de forma incuestionable que la Naturaleza no se puede reducir. El sujeto consciente está ligado al objeto de su estudio de forma irreductible, y todos nosotros, desde las partículas elementales hasta las estrellas y galaxias, estamos entrelazados unos con otros de manera inseparable.”

Mae-Wan Ho es cofundadora del ISIS (Instituto de la Ciencia en la Sociedad) y una de las responsables del informe publicado por esta institución en 2008 titulado “Food Futures Now Organic-Sustainable-Fossil Fuel Free”, en el que entre otras cosas se demuestra que la producción de alimentos a pequeña escala es la solución clave a los problemas de seguridad alimentaria provocados por el cambio climático.

No cree que la solución al agravamiento del cambio climático pase por dejar de comer carne, aunque sí es necesario reducir de forma sustancial su consumo y, sobre todo, es urgente dejar de criar ganado de forma intensiva e industrial. Los pastos permanentes mantenidos de forma ecológica y la crianza de ganado en extensivo, con pastoreo en parcelas, son altamente sostenibles, y además sirven como herramienta de secuestro del carbono almacenado en las profundas raíces de las gramíneas. “La simbiosis entre el pasto y el hervíboro practicada durante miles de años es la respuesta”.

“La clave está en lo pequeño, diverso y local”

Nuestra relación con la Naturaleza debe cambiar. Debemos recuperar los conocimientos locales que en la mayoría de los casos se han perdido definitivamente: “Desde el comienzo de la agricultura, hace quizás 10.000 años, los agricultores han sembrado y recolectado de acuerdo a las estaciones y algunos se han guiado por un calendario más sofisticado basado en la conjunción precisa de los cuerpos celestes.”

Dado que el universo en su totalidad está fuertemente interconectado, Mae-Wan Ho afirma que “Es totalmente posible que la intención del productor influencie a las plantas y animales a los que cuida.”

Aunque quizá peque de excesivo optimismo cuando dice: “Y la mejor de las buenas noticias esd que el agotamiento de los combustibles fósiles ya ha comenzado”.

Hambre que huele a colapso

¿Saben ustedes que alrededor del lago Victoria dos millones de personas pasan hambre cuando, cada día, desde ahí viajan dos millones de raciones de perca del Nilo hacia los mercados internacionales?

(Gustavo Duch)

 

La pesadilla de Darwin es un documental imprescindible para entender cómo funciona el mundo de los mercaderes en el que se producen alimentos destinados al mercado para que millones de personas se mueran de hambre.

 

Reproducimos el artículo de Gustavo Duch publicado en su página web:

Las hazañas de nuestra civilización te acosan, están por todas partes. Al entrar a la ciudad ves todas esas hectáreas de coches fabricados en los últimos meses, perfectamente alineados, listos para vender, y piensas ¿se venderán todos?En un documental ves que en un espacio dónde cabrían once estadios de fútbol, cerca de Accra, la capital de Ghana, se almacenan millones de toneladas de desechos electrónicos y piensas ¿se vendieron todos? O como en aquella ocasión en que visité una planta para elaborar tomate frito. Era como una pequeña central nuclear por donde millones de tomates circulaban en un circuito de tuberías que permitían la asombrosa producción de miles de barriles.

Hazañas que son metáforas del hambre. Pues aunque al hablar del hambre identificamos una grave situación de déficits, en realidad su origen no es más que la cara B de la sobreproducción, algo santificado por el capitalismo, que ha encontrado, en estos tiempos de la globalización neoliberal, el mejor de los escenarios: un mercado global y unas políticas diseñadas para mercadear.

Cuando leemos que se produce casi el doble de lo que se requiere para alimentar a toda la población mundial, lo que hemos de interpretar no es sólo que el problema del hambre no es la falta de alimentos, sino que el problema es precisamente el exceso de materias primas, porque en el mundo actual nos encontramos que más del 20% de las tierras cultivadas están produciendo materias primas como la palma africana, colza, caña de azúcar, soja y plantaciones de árboles que no es que no se coman directamente, que lo es, sino que esas áreas agrícolas se han conseguido a base de expulsar a millones de personas que ahí tenían su sustento. Y ahora no.

Pero además, buena parte del resto de cultivos tampoco están respondiendo a su objetivo alimentario sino que sirven al juego de los intereses económicos. Por un lado, de quienes en las bolsas de valores, cual malabaristas con sus bolas, hacen subir y bajar su precio en función de sus inversiones. Por otro, vemos como los alimentos -imantados por donde está el poder adquisitivo- viajan del sur al norte, de los lugares del hambre a los lugares de la abundancia. Hay un ejemplo que que me martillea. ¿Saben ustedes que alrededor del lago Victoria dos millones de personas pasan hambre cuando, cada día, desde ahí viajan dos millones de raciones de perca del Nilo hacia los mercados internacionales?

Ninguna de las soluciones al hambre pasa por producir en cada territorio, con el esfuerzo de sus gentes, la parte sustancial para una alimentación suficiente y sana. Al contrario, se insiste en la necesidad de incrementar las producciones en base a un sistema productivo que depende del uso y abuso de un recurso finito, el petróleo; que castiga a la tierra hasta llevarla al agotamiento; y que acaba con la biodiversidad, vital para adaptarse a los cambios climáticos. No sólo es responsable del hambre actual, será responsable de un hambre que huele a colapso.