¿comunales urbanos?

Captura de pantalla 2017-09-10 a las 13.17.12

¿Comunales vivos?

¿Comunales urbanos?

¿Artillería comunal?

¿Ecología cuartelaria?

¿Es posible recuperar los comunales sin comunidad?

¿En qué pueden convertirse los proyectos alternativos al capitalismo?

Dentro de unos pocos días el Ministerio de Defensa subastará casi 5 hectáreas de terreno con varios edificios en el centro de Burgos. La asamblea “comunales vivos” reivindica este espacio como un bien comunal. Sabemos, o creemos saber, lo que fueron los comunales en otros tiempos, pero ¿sabemos lo que queremos hoy cuando hablamos de comunales? ¿es posible hoy recuperar el espíritu de lo comunal sin partir de la comunidad? Corremos grandes riesgos.

¿Comunales urbanos? Los cantos de sirena de los nuevos falansterios del capitalismo “alternativo” y ecoindustrial.

En los últimos tiempos la crítica al capitalismo se está convirtiendo en una nueva oportunidad de negocio y, sobre todo, en la gran oportunidad del capitalismo para disfrazarse de alternativo con el fin de perpetuarse. La crítica al capitalismo se ha puesto ya al servicio del capitalismo. Hoy en día el capitalismo es comunal, se preocupa por los bienes comunes, y apuesta decididamente por la autogestión y el cooperativismo.

Cada vez aparecen más proyectos autogestionados impulsados por emprendedores, algunos de ellos supuestamente pertenecientes a la izquierda radical y, en algunos casos, muy próximos al mundo libertario, que promueven una nueva economía a la que bautizan con diversos apellidos como “solidaria”, “feminista”, “comunal” o “del procomún”. Ecología, autogestión, bienes comunes… son palabras que suenan y resuenan constantemente. Palabras con las que se pretende buscar salidas a la crisis del capitalismo, a la destrucción del planeta, al cambio climático, a la contaminación de los alimentos… Pero creemos que sólo se trata de eso, de palabras, porque en el fondo nada cambia: todo está orientado al desarrollo (que ahora llaman sostenible), al crecimiento imparable, a la creación de valor, y a convertirlo todo en mercancía (ahora ya hasta las palabras y las ideas). Continúa teniendo vigencia lo que dijo Lampedusa en su famosa novela: “todo debe cambiar para que nada cambie”.

ecología cuartelaria

Uno de estos proyectos en los que el sistema trata de captar los movimientos contestatarios en su propio beneficio se llama Darwin y está en Burdeos. Para los de Galde se trata de “proyectos ciudadanos abiertos que buscan su recuperación para el procomún”, pero nos tememos que sólo se trata de utilizar palabras con gancho en medios “alternativos” o “contestatarios”, e incluso entre algunos de los llamados “antisistema”. Palabras como “eco”, “bio” y sobre todo “común”, “comunal” o “procomún”, que sirven para vestir, más bien disfrazar, una mona que aunque se vista de seda… mona se queda.

Darwin… “un lieu alternatif”

Darwin… el ecoparaíso creativo de Burdeos… “un pasito más en la evolución humana”

Comunales urbanos… “proyectos ciudadanos abiertos que buscan su recuperación para el procomún”

Un grupo denominado “Opositores al encarcelamiento tecnológico” hizo público el pasado 7 de septiembre un documento sobre el proyecto Darwin, que traducimos a continuación:

El ecobusiness de Darwin, su evolución y la nuestra”

Una mañana de diciembre de 2012, Burdeos se despertó con un nuevo grano en su margen derecha. Darwin, un “ecosistema ecolo”, una “colmena dedicada a actividades ecocreativas” con un “enfoque de desarrollo sostenible”, un “laboratorio de la ciudad del siglo XXI”, se había instalado en el centro de la metrópoli francesa más de moda, en un antiguo cuartel militar desafectado con un valor estimado de 2 millones de euros que el ayuntamiento vendió por dos tercios de su valor a Philippe Barre, rico heredero de los grandes supermercados Leclerc.

Jugoso negocio inmobiliario maquillado por los publicistas como una extraña promesa de redención ecológica, Darwin no es más que un decorado en forma de trampantojo, que trata de esconder las contradicciones sobre las que se ha construido. De hecho, sus heraldos juzgaron necesario tomar la iniciativa publicando en su web una larga página llena de justificaciones vacías: “Darwin, ante los prejuicios”. Ahora es nuestro turno para aclarar las cosas.

Ecoespeculación y publicidad sostenible

Alain Juppé, uno de los mayores defensores de Darwin, nos pone sobre la pista: “No se trata simplemente de sueños bonitos, son emprendedores que invierten su dinero”. Por ejemplo, Philippe Lassalle Saint-Jean. Este agroindustrial que intuyó las grandes ingresos prometidos por “lo bio” es uno de los barones de Darwin. ¿Sabían ustedes que el restaurante y la tienda de Darwin pertenecen a este miembro del MEDEF (la patronal francesa), presidente del Club de empresas de la margen derecha (CE2R), miembro asociado de la Cámara de Comercio e Industria de Burdeos, entre otras responsabilidades? Darwin le ofrece la ocasión de vender a precio de oro la comida en serie bajo la etiqueta “eco”. Así, el visitante se encuentra, nada más entrar, en un “lugar lleno del encanto del reciclaje”… que no es más que un supermercado. Sus espacios “ocupados” apenas camuflan las estanterías bio de un Leclerc (cadena de grandes superficies): rindiendo homenaje, sin duda, a los orígenes familiares de Philippe Barre, el principal inversor.

¿Sabían ustedes que los dueños de Darwin, Philippe Barre y Jean-Marc Gancille, son los pilares históricos de Inoxia (filial de Evolution, alias Darwin), una agencia de publicidad con cifras de negocios anuales de seis ceros? Comprometida con el desarrollo sostenible, especializada en la “transición ecológica de la sociedad”, Inoxia se encarga de pintar de verde la imagen de proyectos ecológicamente y socialmente nocivos. Cuenta entre sus clientes con conocidas empresas del cemento (entre ellas Bouygues Immobilier) y diversas cadenas comerciales. Sin olvidar Euratlantique, la gigantesca operación de ordenación urbana que remodela 730 hectáreas al sur de la metrópoli de Burdeos para gran beneficio de tecnócratas y especuladores… Arquetipo de greenwashing, Darwin se ocupa de la organización “sostenible” de la liquidación del mundo.

Inoxia se prolonga así con Darwin siguiendo una receta que produce buenos beneficios: un traje verde a medida para recubrir el tradicional negocio del merchandising más creativo. En este ámbito, Darwin añade la especulación inmobiliaria al despilfarro publicitario. Pero “no se trata de hiper-especulación”, fanfarroneaba Philippe Barre en 2015. Bonita forma de admitir que se trata de especulación ordinaria. Pues Darwin no cesa de extenderse, en función de las oportunidades, siempre en la lógica del sistema capitalista en la que nada como un pez en el agua…

Un ecocuento de mercachifles

Formados en las mejores escuelas de comunicación y de comercio, los darwinianos, ecocharlatanes de talento, llevan a cabo en Burdeos la gran obra de la alquimia económica post-desastre: transmutarse de emprendedores ultraliberales en militantes “eco”. Cada inversión inmobiliaria de Darwin está disfrazada de una buena causa. Cuando compran el merendero Chez Aliq, se trata de salvar de la quiebra una empresa familiar. Cuando invierten en Les Chantiers de la Garonne, es para fundar un “lugar alternativo”. Cuando Darwin coloniza Cenon, es evidentemente para desarrollar la “agricultura urbana”. Cuando consiguen un permiso de construcción en Saint-Vicent-de-Paul, es desde luego para fundar una “ciudad en transición” y hacer negocios bio industriales. Etc. Y la Gironde no basta ya para los apetitos eco-industriales: Las tierras que Darwin trata de comprar en la isla de Ramier en Toulouse están destinadas a un “tiers-lieu” (The Third Place: espacio de ocio) dedicado a la vida estudiantil… Lo esencial, dicen los mercachifles de Darwin, es “contar una historia aglutinadora, hacer soñar”. El grado de verdad de tal historia importa poco. Hunden al “público” en un caos de contradicciones, de una fraseología atrapa-todo, en la que cada cual encontrará lo que quiere oír.

Darwin cultiva así el arte de hacer pasar el tecnocapitalismo con la vaselina ecológica. Cuando su expansión se encuentra amenazada por otros cazadores de tierras, los darwinianos instrumentalizan a las asociaciones que envían “ocupas” en primera línea y convocan a la “sociedad civil” solicitando apoyos. Carentes de escrúpulos, estos millonarios destacan en la postura de víctimas prometiendo “un urbanismo diferente, desordenado y alternativo”, que se les deniega, y amenazan incluso con montar una ZAD para hacer correr el cemento, su cemento… ¡Ocupad, firmad, apoyad, indignaos! ¡El crecimiento del patrimonio inmobiliario Darwin también es asunto vuestro! ¡Sus beneficiarios os lo agradacerán!

Darwin rentabiliza sus locales alquilando oficinas a empresas. Pero ¡atención! empresas cuidadosamente elegidas: “Se selecciona a los ocupantes, es necesario que tengan la fibra cooperativa y “eco”. Un tipo que haga gestión del patrimonio no tiene nada que hacer aquí”, pretende Barre. Allí se encuentran por tanto promotores inmobiliarios especializados en “asesoría de negocios y en la asesoría de gestión”, como Novaxia, además de la necesaria gestión de los negocios inmobiliarios de Darwin. Hay que preguntarse por qué, siguiendo la ética preconizada por Barre, Darwin alberga todavía a Darwin… Una anécdota ilustrará mejor la sana moral de los darwinianos. Moviéndose en los medios radicales en 2016, Barre y Gancille apoyaron a algunos zadistas que se oponían a un proyecto inmobiliario de golf en Villenave-d’Ornon a fin de salvar las últimas tierras agrícolas y una zona natural protegida a las puertas de Burdeos. ¡Un buen botín “alternativo”! En recompensa a su compromiso, los mencionados zadistas dispusieron de algunos minutos para poder hablar en una sala oportunamente vaciada durante la pausa del mediodía. Más tarde, algunos aguafiestas revelaron que Darwin albergaba a la sociedad Overdrive, promotora de este mismo proyecto inmobiliario, a día de hoy el más ecológicamente destructor de la metrópoli… La reacción desvergonzada del barón Gancille: “¿Cómo piensan ustedes que se pueda tener conocimiento detallado de los proyectos de las casi 300 organizaciones que se albergan con nosotros? ¿Creen que se puede decidir sobre las elecciones de cada uno de nuestros inquilinos? Y según los criterios ¿propuestos por quién?” Brevemente, business is business. A día de hoy, Overdrive continúa alojado en Darwin, un arrendatario finalmente menos cuidadoso que otros.

Entre estas casi 300 empresas alojadas en Darwin, business developpers y expertos en marketing constituyen una flota de promotores de lo digital y del comercio online. Darwin pretende haber creado más de 1000 empleos, pero guarda silencio sobre el hecho de que estos individuos que trabajan por la automatización del trabajo humano reducen a millares de otros a la inutilidad. No es casualidad que Darwin haya acogido calurosamente los Bordeaux Fintech (“tecnologías financieras” en neolengua), un acontecimiento nacional de veneración de las tecnologías digitales aplicadas a la especulación financiera en donde se venden sin vergüenza alguna, por ejemplo, algoritmos capaces de evaluar a distancia y en menos de quince segundos la solvencia de un emprendedor. ¿Quieren “relaciones sociales”? Darwin las teje a kilómetros.

Cada año, Darwin cambia de imagen gracias a su festival Climax, modelo del liberalismo cultural, con cabeceras de cartel internacionales y música techno para un desenfreno de decibelios, en donde nuestros ecocapitalistas muestran su indudable talento como promotores de espectáculos. Evidentemente travestido en “ecomovilización indispensable de la rentrée”, Climax invita a algunos títeres de la ecología oficial para decir la misa. Como escaparate de la economía circular, Darwin da ejemplo este año reciclando, además del prejubilado José Bové, a Nicolás Hulot y su fundación, antiguo cliente de la agencia de publicidad Inoxia de Barre y generosamente patrocinado por la nuclearista EDF. Apoyados por el nocivo grupo agro-industrial Sofiprotéol-Avril, no hay duda de que el que fuera ministro de Estado y sus empleados encontrarán la palabra justa y la independencia requerida para hablar sobre alimentación, el tema del festival de este año. ¡Gracias a Darwin, la flor y nata del cáncer industrial francés se dirigirá a usted directamente!

Darwin debe estar por todas partes, todo el tiempo, siempre que estos produzca beneficios, sea en dinero o en imagen de marca (es equivalente). En Burdeos, Climax se integra en la operación de comunicación cínicamente denominada “Paisajes” que tiene por objeto celebrar durante cuatro meses la línea de gran velocidad París-Burdeos, la cual ha desgarrado irremediablemente el campo y ha transformado la ciudad en un barrio chic de Paris. En primera fila de las molestias, los vecinos de la LGV pueden dar testimonio de lo que los darwinianos entienden por “sobriedad energética, inclusión social, desplazamientos amables, consumo responsable”.

“Able to adapt”… al desastre

Darwin, en primer lugar, debe ser juzgado por sus actos, para compararlos a continuación con los discursos elaborados por sus promotores con el fin de medir su nivel de duplicidad. El mismo Gancille nos alienta a ello: “El marketing bien utilizado, es decir, cuando mantiene coherencia entre el fondo y la forma, es útil”. Tras cinco años de una difícil y gran brecha entre el “fondo” y la “forma”, Darwin arrastra ya una buena serie de duras pruebas que deshilachan su “fibra eco” y revelan su verdadera naturaleza. El éxito de Darwin descansa sobre la falsa apariencia de una vida colectiva: quienes lo concibieron nos venden el sustituto de una existencia política de la que se halla privado cada individuo ahogado en la masa de la conurbación de Burdeos. ¿Le faltarán a nuestra sociedad grandes relatos, creencias, para continuar su carrera mortífera? En Darwin encontrareis lo que falta… Se abreva con bellas palabras, se debate un poco, se ritualiza algún “ecogesto”, se “comuniza” en la perpetua “transición”, etc., pero ¡jamás se toma en Darwin la más mínima decisión democrática! Evidentemente, pues el bluff Darwin no se dirige más que al beneficio de algunos. Los darwinianos corren un tupido velo sobre esta evidencia enjuagándose con una “aproximación de bottom up”, de “coproducción”, “más horizontal”, para disimular mejor quién, de los inversores o de los “usuarios”, tendrá la última palabra.

Es desolador observarnos, metropolitanos naturalmente angustiados por la catátrofe en curso, partir en busca de un sucedáneo de buena conciencia ante los mismos que provocan esta catástrofe, la mantienen y se alimentan de ella. ¿No creéis que se podría hacer algo mejor que amontonarse en el cuartel de estos business angels? Son nuestros nuevos maestros, digno relevo de la vieja guardia que se retira dejando un campo de ruinas. Falsos rebeldes, aceleran la remodelación del mundo a la conveniencia de una minoría y el lavado de la conciencia política de las masas. Si algunos juzgan todavía que Darwin “siempre será mejor que nada”, nosotros pensamos por el contrario que Darwin anuncia lo peor con su eslogan proclamado en el amable dialecto de las business schools: “Able to adapt”. ¿Adaptarse? Pero, ¿quién, y a qué?

Darwin, agente de la ciudad total

Se encuentran en efecto, en Darwin, las dos categorías en ciernes que pueblan una metrópoli: los acumulantes (los habitados) y los acumulados (los habitantes). Los primeros, grandes especuladores o jóvenes tiburones de los start-up, vanguardia ultra-conectada del capitalismo desbocado, viven en el trabajo sesenta horas por semana en una atmósfera evidentemente cool, siempre amigable, y van a pasar el resto de su tiempo en reservas. Los pobres de siempre, los acumulados metropolitanos, alcanzan por su parte el último estadio de la desposesión. Hasta nuestros tiempos aumentados, vivían a veces en la periferia de las ciudades donde construían ellos mismos sus viviendas con todo lo que podían recuperar. En estos bidonvilles del alba de los tiempos modernos, ellos reinaban: realeza de la miseria, pero realeza en todo caso. Ayudados por la idea de progreso, hoy tienen a su disposición lugares para ellos, pensados, racionalizados, integrados en la ciudad total. Han perdido toda libertad. Ahora se cuecen en verano en cajas de plástico (los “tétrodons”) en los que Darwin se digna alojarlos y están conminados a cultivar hortalizas “sin suelo” o sobre tierras generosamente enriquecidas con diversos contaminantes durante un siglo de actividad militar. Darwin nos ayuda a pensar positivamente estas condiciones de “tétrodonvilles” modernos que prometen una concentración urbana cada vez más insoportable; a mantener su lugar en una humanidad de dos velocidades de la que la metrópoli es su incubadora.

Adaptarse, es en primer lugar aceptar su papel de engranaje en el mundo-máquina. La “ciudad del siglo XXI” nos ofrece un prototipo para ello y Darwin se impone como ellos dicen en “verdadero laboratorio”. Siempre preparados para las contradicciones, estos traficantes califican como “ilusión” la “smart city hipertecnológica” experimentándola ellos mismos sin el menos escrúpulo. Con el fin de medir en detalle los comportamientos de sus usuarios, los promotores de Darwin han desarrollado una interfaz digital “inteligente” que “permite restituir con total transparencia y en tiempo real los impactos ecológicos de la vida allí: consumo de líquidos, producción de deshechos y tasas de reciclaje, economías del agua […], consumo de alimentos y porcentajes de bio/local […], emisiones consolidadas de GES (gases de efecto invernadero) puest por puesto… Esta visión global de impactos es posible gracias al acoplamiento de la interfaz del GTB (ordenador central del edificio), con una infraestructura de sensores”. Incluso el número de cafés vendidos es contabilizado cada mes en Internet. Un clic y ya estás conectado al “ordenador central” de Big Darwin. Los darwinianos banalizan la vigilancia electrónica de las masas. Durante su festival, controlan las llegadas y salidas de los asistentes -y sobre todo sus carteras- colocándoles un chip electrónico. En 2016, llevaron el cinismo hasta el extremo, identidad electrónica en la muñeca, una oda a la libertad entonada por el senil Edgar Morin, sin duda llegado hasta Darwin para “humanizar el transhumanismo”, como él proclamaba en un artículo de Le Monde.

Como se puede ver, los darwinianos reciclan a diestro y siniestro los elementos del lenguaje eco-ciudadano, o “eco-radical”. Pero el único aspecto del sistema actual que se cuidan de cuestionar resulta ser de los más decisivos: la invasión tecnológica infinita de la que ellos son infatigables adalides. Les gusta esgrimir algunos de los talismanes de moda (sobriedad, low tech, etc.), proyectan establecer un “laboratorio digital para el territorio” tratando de “utilizar lo digital como medio, como fuente de eficacia, como enriquecimiento de nuestros talleres de fabricación clásica”. En el cuartel, esta es la labor del lugarteniente Aurélien Gaucherand, antiguo business analyst encargado a la vez (lo que dice mucho) de la “vida asociativa” y de la “innovación digital”. Más allá de la naturaleza perfectamente insostenible de la producción digital (que se vayan a instalarse cerca de un contratista de Apple en China, donde se fabrican sus artilugios), es la naturaleza centralizada de este tecno-poder lo que debemos cuestionar. En la era del big data, quien acumula los datos detenta este poder que materializan los objetos conectados, los chips, los sensores que pululan en Darwin. Este poder, que se infiltra y se introduce cada vez más íntimamente en nuestras existencias, se opone a cualquier ecología verdadera. Preparando la “ciudad de mañana”, Darwin hunde a sus usuarios en el cemento del ámbito tecnológico. Y éstos se precipitan en él, creyendo encontrar allí una salida ecológica. Una vez más este año, con el fin de hacer funcionar su Climax, centenares de voluntarios llegan allí para “eco-movilizarse”: la cuestión es eco-nomizar en gastos salariales, piensan para sí nuestros felices contables…

Los darwinianos son blancos como la nieve, encarnan necesariamente el Bien. Quien, por otra parte, se arriesga a criticar Darwin, a cruzarse en el camino de su crecimiento, pasa por un peligroso irresponsable, un ciego reaccionario ante la “urgencia ecológica”, o alguien poco realista al que le falta simplemente “pragmatismo”. “Piratas”, “hackers”, pueden por tanto permitirse todo y lo reivindican: “Ganar tiempo (y dinero) sin esperar las autorizaciones y las subvenciones. Decidir hacer, sin permiso si es necesario”. Todo está permitido, sin rendir cuentas a la sociedad, pues la sociedad son ellos. Pupilos de la ideología libertaria, ellos encarnan la renovación ecológica del capitalismo que predecía Bernard Charbonneau:

Un buen día, el poder se verá forzado a practicar la ecología. Una previsión sin ilusión puede llevar a pensar que, salvo una catástrofe, el giro ecológico no será el resultado de una oposición muy minoritaria, desprovista de medios, sino de la burguesía dirigente, el día en que ya no puedan hacer otra cosa. Serán los diversos responsables de la ruina de la tierra quienes organicen el salvamento de lo poco que quede, y que tras la abundancia gestionarán la penuria y la supervivencia. Pues estos no tienen ningún prejuicio, no creen más en el desarrollo que en la ecología; sólo creen en el poder, que es el de hacer lo que no se puede hacer de otra forma.

Que la verdadera fiesta comience

Esta tecnoburguesía no puede ofrecer más que la adaptación al desastre que ella provoca. Darwin nos hace ver anticipadamente esta ecología cuartelaria que se llevará a cabo en beneficio de una pequeña minoría y en detrimento de la libertad de todos. Pero no hay ninguna fatalidad: quien rehuse a adaptarse a su mundo podrá enfrentarse al origen del desastre, a fin de hacerles caer, a ellos y a su sistema. Solo la salida del capitalismo tecnológico interrumpirá una lógica totalitaria en la que nuestras vidas se encuentran reducidas a terminales de algún ordenador central. He aquí un proyecto a la altura del hombre, mucho más entusiasmante que convertirse en este ecociudadano con chips, tecnosocializado y ultraconectado forjado por Darwin.

Comencemos por desertar de la ilusión tecnototalitaria de los publicistas y especuladores de Darwin y por otra parte, dejemos de creer en estas ofertas comerciales maquilladas como profecías “eco-responsables”. Nosotros, simples humanos, nunca hemos tenido necesidad de expertos en marketing ni de sus ilusiones virtuales para educarnos, reunirnos y decidir sobre el futuro de los lugares en los que vivimos.

!Fuera de nuestras conciencias que ellos quieren gobernar!

¡Fuera de nuestras ciudades que ellos pretenden reinventar!

Rehusemos a danzar al ritmo de su música y retomemos, con nuestra libertad, el curso de esta aventura humana que nos espera siempre.

Opositores al encarcelamiento tecnológico

Burdeos, 7 de septiembre de 2017